La artista japonesa Yayoi Kusama, cuyo universo de puntos y redes se convirtió en un lenguaje visual único que trascendió el arte contemporáneo para permear la cultura popular, falleció el 14 de agosto en un hospital de Tokio a los 97 años. La galería David Zwirner, que representaba a la artista, confirmó su muerte por falla orgánica múltiple. «Ha sido uno de los grandes privilegios de mi vida profesional haber podido representar el extraordinario arte de Yayoi Kusama durante los últimos quince años», declaró David Zwirner. Kusama se convirtió en la artista viva más famosa del mundo y, a lo largo de su carrera, sostuvo que la creación artística era su única manera de habitar el mundo. «Incluso después de mi muerte, me gustaría que los lunares siguieran proliferando y llevando mi mensaje a la gente de todo el mundo», escribió en su autobiografía.
Nacida el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, Japón, Kusama comenzó a experimentar alucinaciones visuales en su infancia —campos de puntos que se extendían hasta el infinito— que se convirtieron en la base de su práctica artística. Después de estudiar pintura nihonga en Kioto, la artista abandonó Japón en 1957 para establecerse en Nueva York, donde desafió un mundo del arte dominado por hombres blancos y creó sus primeras Infinity Nets en la década de 1950. Sus pinturas, con pequeños bucles repetidos hasta cubrir el lienzo, pronto llamaron la atención del crítico y artista Donald Judd, quien adquirió una de sus obras. Durante la década de 1960, Kusama expandió su práctica a performances y happenings callejeros que incluían desnudos pintados con lunares, performance que realizó en la fuente del MoMA, y su obra más emblemática, las Infinity Mirror Rooms.
En 1966, Kusama irrumpió en la Bienal de Venecia sin invitación con Narcissus Garden, una instalación de 1.500 esferas reflectantes que vendía por dos dólares cada una. No sería hasta 1993 que el Japón la invitó a representarlo oficialmente en la Bienal, veintisiete años después. En 1973, tras dieciséis años en Estados Unidos, regresó a Japón y comenzó a vivir voluntariamente en un hospital psiquiátrico en Tokio, donde continuó trabajando diariamente desde entonces. Su encuentro con Georgia O'Keeffe, a quien escribió pidiendo consejo, fue determinante en su decisión de emigrar a Estados Unidos. O'Keeffe le respondió y la animó en sus aspiraciones, lo que marcó el inicio de una carrera que la llevaría a redefinir el arte contemporáneo global.
La fama internacional de Kusama se disparó a principios del siglo XXI, con retrospectivas en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles y el MoMA en 1998, y luego en la Tate Modern (2012), el Hirshhorn Museum (2017) y el M+ de Hong Kong (2022). Sus Infinity Mirror Rooms se convirtieron en fenómenos masivos, atrayendo a cientos de miles de visitantes en todo el mundo. En 2023, se convirtió en la artista viva más taquillera del año, con $80,9 millones de dólares en subastas, superando a David Hockney. Sus colaboraciones con Louis Vuitton, primero en 2012 y luego en 2023, consolidaron su estatus como ícono global capitalista. La artista recibió el Praemium Imperiale en 2006, fue nombrada Persona de Mérito Cultural en 2009 y recibió la Orden de la Cultura en 2016, uno de los más altos honores de Japón.
Kusama continuó produciendo obra hasta el final de su vida, incluyendo la serie Every Day I Pray for Love que comenzó en 2021. Estas pinturas, creadas desde su habitación en lugar de su estudio, condensan su búsqueda artística en un acto cotidiano y profundamente personal. «Quiero seguir trabajando paso a paso para conmover a la gente a través de mi arte», escribió, un deseo que cumplió a lo largo de su vida. Su legado visual al reconocer e indagar sobre su salud mental y sensibilidad psíquica transformó la manera de entender el arte. Kusama, que dijo que «la creación artística es mi medicina», deja un vacío inmenso en la escena cultural global, pero también un universo de obras que seguirán expandiéndose, como ella siempre quiso, retorciendo los límites entre la imagen artística y la vida misma.